La Hacienda

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La Hacienda

Mariví Nadal

Mariví Nadal

Historia Corta

Historia Corta

&

&

Drama

Drama

En la oficina de un despacho corporativo de la ciudad de México…

—Yo no quiero vender la hacienda. Así de sencillo.

—Camila… no seas ridícula.

—Ridícula ¿yo? Ridículo tú que te quieres deshacer de ella para cambiarla por dinero.

—A ver —continúa Álvaro con el tono condescendiente que era usual para comunicarse con su hermana—. ¿Qué vas a hacer con la hacienda? Hace años que ni la visitas.

—Pues no, pero ahí crecimos. Ese lugar vale mucho más del valor económico que se le pueda poner. 

—¿Y tú la vas a mantener? Se requiere dinero y tiempo que invertirle Camila.

—Francisco puede encargarse de hacerlo por el corto… mediano plazo. Y ya cuando nosotros terminemos la universidad y consigamos trabajo, también contribuiremos, ¿no? —Voltea a ver su hermano mayor, esperando que tomara su lado en la discusión como era costumbre.

Álvaro está a punto de responderle cuando Francisco se decide a interrumpir la conversación sin salida en la que sus hermanos se han metido.

—¡Paren! —dice el hermano mayor con firmeza—. Esto es lo último que mamá querría. 

Estas palabras parecen haberse instalado pesadamente sobre sus hermanos, quienes se disponen encogidos en sus respectivas sillas.

—Dinero no nos hace falta…

—¿¡Cómo chingados que no!? Tú que tienes un trabajo nice en finanzas. Pero nosotros que apenas empezamos nuestro futuro… Si tenemos una base sólida, podemos hacerla en grande. Ayudar a otros seres humanos, ser…

—¿Tú qué piensas Francisco? —Lo corta Camila volteando a ver a su hermano mayor.

«Esta pendeja cree que voy a estar de su lado», rumia Francisco. —Donarla a una buena causa —le responde.

Sus hermanos menores lo miran boquiabiertos. Se han quedado sin palabras.

Francisco, desde el otro lado del escritorio, les mira tranquilo. Disfruta ver sus caras de desconcierto. Al no recibir respuesta, recarga sus antebrazos sobre su escritorio.

—¿Qué opinan?

—Podríamos preservar la casa y cobrar una renta por… —Se hace escuchar una manipuladora Camila.

—No. No rentarla… Donarla. Sin beneficio económico para nosotros —le responde su hermano mayor, quien lleva delicadamente su cuerpo contra el respaldo de la silla. 

Ante esta respuesta, el lenguaje corporal de Camila cambia. Se le nota distante. Da sorbos grandes al café. 

Un silencio incómodo los abraza…

Camila cruza su cuerpo sobre el escritorio para tomar la cafetera. Álvaro le acerca su taza pidiéndole que se la rellene.

—Bueno. Está decido lo que se hará con la hacienda. —Al fin les hace saber Francisco.

Álvaro suelta una carcajada 

—Cabrón. A ver, ¿cómo te explico…? —dice posando su flacucho cuerpo sobre el escritorio encarando a su hermano—. Al no haber testamento, la hacienda nos pertenece a los tres. Por lo tanto, tú y tus aires de grandeza, como lo han sido toda la vida, aquí no aplican güey, así que bájale a tus huevos.

Francisco exhala. Torna su cuerpo para tomar del piso su maletín, del que saca una pila delgada de papeles. Distribuye un conjunto a cada uno de sus hermanos. Estos los reciben con una mirada incrédula.

—Este güey. —Exhala Álvaro en desesperación mientras voltea a ver a su hermana, quien le regresa un sonido de desaprobación en complicidad.

—Increíble Francisco. Que no veas por nosotros. Somos tu familia. ¡Tus hermanos menores! Ahora eres la cabeza de la casa. La hacienda debería quedar en la familia. Eso querría mamá —insiste Camila.

—Léanlo.

Su hermano menor responde aventando los papeles hacia el centro del escritorio.

—Ya para tus jueguitos cabrón. No vamos a perder tiempo leyendo tus estupideces… —Camila lo interrumpe  al emitir en grito que reprime posando una mano sobre su boca. El sonido hace voltear la cabeza de Álvaro, quien se topa con la visión de su hermana, que tiene cara de terror y tiembla mientras mira esas páginas que pasa de manera rápida una a una—. ¿Qué hiciste cabrón?

Francisco les mira con una mueca en el rostro. Trata de contenerla, pero la satisfacción que siente es tan profunda, que Álvaro lo presiente…

—¿Qué…? ¿Qué hiciste cabrón? —le reclama mientras se abalanza sobre el escritorio para alcanzar los papeles que minutos atrás había rechazado. Sus ojos repasan las palabras que contiene  el documento sin entender. Y cuando su cerebro al fin comprende de lo que se trata…— ¡Mierda!, ¡mierda! ¿Qué es esto Francisco? ¿Qué mierdas son estas…? ¿Qué calumnias dices? 

Camila se afianza aprensivamente del brazo de su mellizo para llamar su atención. Mirándolo con lágrimas en los ojos, le alcanza el papel temblorosa. Su dedo índice apunta a un párrafo que Álvaro lee—. ¿Cómo? —dice al aire mientras torna su incrédulo rostro para mirar a su hermano. 

—¿Ella…? —pregunta Camila entre susurros.

—Sí, ella se dio cuenta. En cada ocasión que lo hicieron… 

Álvaro se lleva las manos a la cabeza para apretar las sienes que siente explotar.

—No se les ocurra hacer algo estúpido. —Les advierte Francisco—. Esta información está programada para ser enviada al departamento de policía a las ocho de la noche del día de hoy. —Hace una pausa para mirar el reloj en su muñeca—. En poco menos de media hora. Así que tienen dos opciones: o firman el documento renunciando a recibir beneficio económico alguno proveniente de mamá. Al hacerlo, cancelo el email y ustedes, pedazos de mierda, quedan absueltos de pagar su condena criminal. Su castigo sería económico… y la culpa, que espero tengan, les seguirá de por vida…

Camila berrea.

—O —continúa ignorando la interrupción—, si deciden hacerme algún daño o no aceptar estas condiciones, serán criminales. Irán a la cárcel. Su futuro estará arruinado.

—¡Ella lo empezó! —dice Álvaro con furia apuntando a su melliza que no puede parar de llorar. 

—Yo… yo… No quería… snif snif… se salió de las manos, era solo para … snif snif…

—¿Por qué no dijo algo? —pregunta Álvaro—. Nosotros no queríamos que pasara a más… era solo un…

—¿Escarmiento? —Le roba Francisco la palabra.

—Silencio.

—¿Escarmiento por ser una mamá dura? ¿Porque los amaba? ¿Porque siempre buscó nuestro bien? ¿Simplemente porque no les prestó el dinero para unirse a esa escama de negocio con el que se encapricharon? ¿Porque quería que trabajaran para entender el valor del dinero? ¿Ese fue su error? ¿Tan estúpidos son? —Termina de decir fúrico. Ahora está parado con las manos apoyadas sobre su escritorio. Se limpia las lágrimas que no pudo contener al encarar a sus hermanos adolescentes que le han arrebatado a su mamá, envenenándola. Respirando profundo, se acomoda la corbata. Regresa su cuerpo a descansar sobre la majestuosa silla corporativa. 

Con serenidad, posa dos lapiceros enfrente de ellos.

—Sepan también que la posibilidad de enviar la información en un futuro está prevista. Así que no crean que tienen opción de hacerme daño a mí o mis seres queridos…

Francisco nota que su hermano se incomoda ante esta última aseveración. Siente un nudo en el estómago. «Lo consideró…», reflexiona con pena.

Camila es quien toma la iniciativa. 

—¡Sí!, ¡sí!, ¡sí! —Se abalanza cogiendo uno de los lapiceros para firmar cada una de las hojas. Nota que Álvaro la mira—. No seas imbécil. ¡Es lo que nos conviene! De otra forma, ¡nuestro futuro está arruinado! —le grita. Él baja la cabeza asintiendo. Toma la pluma de la mano de su hermana para proceder. 

«Cobardes», piensa Francisco con el alma compungida. Baja la cabeza. Clava su mirada en la taza de café aún llena sobre la que medita: «Se lo merecen».

***

15 AÑOS DESPUÉS

—Niño Francisco —lo interrumpe la trabajadora del hogar mientras se hace paso discreto hacia la oficina de su patrón.

Francisco, sin levantar la mirada de los papeles que lee sobre su escritorio, le responde: —¿Qué pasó Jesusa?

—Ay, mi niño —dice mientras se frota las manos en señal de nerviosismo—. Disculpe que lo interrumpa, pero esto es urgente.

Exhalando, Francisco acomoda los papeles sobre la mesa para escuchar lo que su nana tiene que decir. 

—¿Qué pasó?

—Hay un señor que quiere verlo. —Sus gestos denotan confusión y preocupación extremas—. Ay, mi niño… es que dice que es su hermano. Dice que es el niño Álvaro… pero yo no lo reconozco… no estoy segura…

Francisco se queda sin palabras. Parándose de su asiento para salir a encontrarse con la visita, su cuerpo se paraliza. Su mirada se encuentra con la mirada de su hermano. Sabe que es él pese a su rostro desfigurado.

—Hola Francisco.

—¡Ay! Usted no puede estar aquí —le reclama una nerviosa Jesusa.

—Está bien Jesusa. Déjanos solos, por favor. Yo me encargo.

—Está bien —balbucea retirándose mientras ve de reojo al intruso con terror.

Álvaro camina hacia el escritorio de su hermano. Se sienta en la silla frente a él.

—Y al final no donaste la hacienda —dice suspirando mientras mira a su alrededor la decoración de la que fuera la oficina de su madre—. Me agrada que no lo hayas hecho…

Francisco no puede dejar de mirarlo. Al tenerlo tan cerca, no puede disimular el terror que siente al admirar la carne corroída y quemada que envuelve la deforme cara de su hermano.

—¿Qué? ¿Esto? —dice tocándose la tensa piel de su cachete.

Si no fuera por el lunar que tiene en el ojo derecho, Francisco no hubiera sido capaz de reconocerlo.

—¿Qué sucedió? —pregunta Francisco.

—Qué sucedió… qué sucedió, pues resulta que el maldito de mi hermano me traicionó. Firmé sus putos papeles en los que me despojaba de mi herencia, y aun así me envió a la cárcel. La sentencia era larga, yo no tenía todo ese tiempo, así que ¡Ups! —dice tapándose juguetonamente la boca con una mano—, un incendio sucedió, y pues uno hace lo que puede verás…

Francisco intenta con su mano derecha alcanzar la pistola que guarda debajo de su escritorio.

—No, no, no —replica Álvaro apuntado la suya sobre la frente de su hermano mayor, justo en medio de sus cejas—. No cabrón. 

Francisco sube sus temblorosas manos al aire.

—¿Sabes que Camila falleció? 

Francisco abre los ojos en sorpresa.

—Se suicidó. ¡Se colgó a los tres meses de estar en la cárcel…! —grita con rabia. Lágrimas le caen sobre sus cachetes deformados—. No te dignaste a saber siquiera cómo estábamos. Ya no quisiste saber de nosotros nunca más. —El dolor que lo ha oprimido todos estos años, le explota—. Quisiste que nos pudriéramos… ¡Felicidades! ¡Lograste tu cometido!

Francisco no puede controlar el dolor que siente. Comienza a llorar.

—¡Llora! ¡Llora cabrón!

Estas últimas palabras desatan una furia en Francisco que lo mira con la poca fuerza que puede reunir.

—¡Ustedes mataron a mamá! ¡La envenenaron!

Los ojos de Álvaro se abren. Ahora es su brazo el que tiembla. 

—No, no…. No —balbucea al mismo tiempo que con su mano libre se da golpes en la cabeza.

—Los amó tanto que no quiso luchar por seguir viviendo al enterarse de su traición… ¡Su corazón se marchitó!

—¡Calla!, ¡calla! —le ordena con una respiración pesada y cortante.

—¡La hicieron sufrir! ¡Ella no se merecía eso!

Jesusa entra apresurada interrumpiéndolos. Los ecos de sus gritos se habían acorralado en los pasillos alertándola.

—¿Todo bien niño Francisco? —Al notar el arma que la horripilante criatura apunta hacia el niño Francisco, grita desgarradamente. Esto hace que Álvaro reaccione dándose la vuelta y disparando el arma. Los tres balazos que Jesusa recibió la tumbaron al suelo. Sus ojos quedaron abiertos en un gesto de terror.

—¡No!, ¡no!, ¡no! —se reprimenda Álvaro mirándose la mano que porta el arma.

Francisco toma la pistola de su escritorio y la dispara contra su hermano. Con cada disparo descarga su dolor. Y cuando el cartucho está vacío, continúa jalando el gatillo. Lo hace enérgicamente hasta que el llanto confuso que había sentido afianzarse en sus entrañas con pesadez, al fin se desborda sin control sobre su rostro. Corre hacia su hermano menor abrazándolo.

—No, no, ¡nooooo! —grita— Maldita sea, ¡no! —Besa su cabeza. Le acaricia su cara como lo había hecho cuando era un niño pequeño. «¡Oh! Tan risueño, tan feliz… tan bello…», medita con el alma compungida, intentando reconocerlo mientras mece el rostro deforme entre sus brazos.

Se dirige para besar la frente de la dulce Jesusa.

—Lo siento. Te amo —le dice entre sollozos mientras acaricia la mano de la que fue como su segunda madre. Intentó cerrarle los ojos para que descansara en paz, pero el dolor que se le aprisionó en el pecho, lo impulsó a levantarse para recuperar el aliento, haciéndolo fallar en su cometido. 

Su ser ha muerto en vida. Ya no tiene más por hacer que regresar a su escritorio para recargar el arma y apuntarla sobre su garganta con dirección hacia su cerebro. Y por los microsegundos en los que su dedo generó la acción de jalar el gatillo, sus ojos se posaron en el horizonte, topándose con los de Jesusa. Los ojos semi-abiertos del cadáver, parecían mirarle tan profundo, que sus entrañas se agitaron, disparando en él la última memoria de su vida, una memoria que había olvidado… La de aquella ocasión en encontró a sus hermanos que miraban con escalofriante emoción el efecto que el microondas hacía en el gato que introdujeron en él…

***

Una bocanada de aire lo saca de sus pensamientos. Sus hermanos aún discuten. 

«¿Qué…? ¿En dónde estoy?», se pregunta confuso dando palmadas de reconocimiento a su escritorio para comprobar que se encuentra en ese lugar. Se toca con ansia el rostro. Se pellizca la piel de su mano. «¡Ay!», suprime al sentir dolor. Desorientado, sintiendo como su corazón se agita sobre su pecho con rapidez, mira su reloj. Ni un minuto había pasado desde que sus hermanos decidieron cobardemente firmar el documento. «¿Qué?», se pregunta incrédulo ante la desorientadora temporalidad que acaba de experimentar.

Toma como presagio la escalofriante experiencia. «Fue tan real…», piensa mirando a sus hermanos que aún discuten. 

Su mente había suprimido, quizás por protección, esa escalofriante escena de sus ayeres, que no fue la única del estilo que presenció… Ahora otras se hacen cabida en su memoria. Horrorizado los mira. «Son malos…». 

Regresa su mirada sobre su taza de café. Decide no utilizar los purgantes que había considerado darles.

***

Dos días después, cual esperado, recibe la llamada: 

—Siento mucho su pérdida. —Le hace saber el doctor que declaró la muerte de sus hermanos.

—Mellizos… siempre tuvieron una conexión especial —balbucea Francisco en respuesta.

—Tan jóvenes… Ya están en el cielo con su santa madre.

—Gracias doctor. —Termina la llamada no pudiendo evitar llorar por sus hermanos. «En el infierno. Esos monstruos arden en el infierno», piensa mientras agacha la cabeza, forzándose a recordar la justificación que lo absuelve del envenenamiento de sus hermanos. «Sus almas estaban podridas»—. Descansa en paz, mamá, descansa en paz.

—¡Niño Francisco! ¡Véngase a comer! —lo llama una feliz Jesusa. Su niño consentido decidió venirse a vivir a la hacienda y hacerse cargo del negocio familiar. «Yo cuidaré de él patrona», murmura con ternura mientras lo ve caminar hacia ella. En el bolso de su mandil aprieta sin delicadeza los muñecos de trapo que simbolizan a los mellizos que, sabe, tienen la semilla del mal en ellos. 

No sabe cómo ni en qué forma, pero está segura que el ritual vudú que llevó a cabo el día en que los niños se reunieron para hablar del testamento, surtió efecto…

FIN

Todas las historias que publico son de mi autoría y tienen todos los derechos reservados. Cualquier forma no autorizada de distribución, copia, duplicación, reproducción, o venta (total o parcial) de su contenido, tanto para uso personal como comercial, constituirá una infracción de los derechos de autor.

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